martes, 28 de marzo de 2017

1076 La Reencarnación



1076  LA CHISPA      (13 de marzo de 2017)
Lema: “En la indolencia cívica del ciudadano, se fundamentan los abusos del Poder”
LA REENCARNACIÓN
            ¿Existe o no la reencarnación?  Hay dos respuestas: sí y no.  Incluso una tercera: talvez.  Si creemos que no, ahí se acaba la discusión; pero si creemos en ella, tenemos que entender y aceptar en su totalidad los postulados de esta,  los cuales son muy complejos, desesperantes y nada complacientes.  Las grandes religiones de occidente han simplificado este asunto de una manera muy simplista y falta de lógica, lo cual ha dado paso a una mala interpretación de esa doctrina.  La han tergiversado (o deformado) de manera que, han hecho posible, en teoría, que una sola vida sea suficiente para lograr la “salvación” o irse al infierno.  En cambio, las confesiones orientales, sabiamente, dan explicaciones más realistas para escapar de la Rueda de Samsara, el ciclo casi interminable de renacimientos y muertes.  Y al final de este, se llega a la emancipación conocida como el NIRVANA.  Cuando el Hombre, después de un larguísimo peregrinar por el mundo de la materia (el infierno)  se ha purificado y se hace merecedor de la liberación de los lazos de esta.   El gran Maestro Sankara dice en su obra “La joya Suprema del Discernimiento” que eso se logra después de CENTENARES DE MILES de encarnaciones.  Y aunque hay algunos que lo logran en menos tiempo (como Buda), no es posible hacerlo sino después de miles de encarnaciones.  No existen los atajos en el camino de la “salvación”.  Debemos dedicarle cientos de vidas a la corrección parcial de un solo defecto como la ira.  No es posible hacerlo en una sola vida, por más que nos hablen del perdón de los pecados o las elecciones arbitrarias de un Dios entrometido; tal cosa no existe, según la filosofía oriental y la Doctrina Secreta.  La Rueda de Samsara es un camino  áspero en donde no existe más gracia que la que logra cada hombre por sus propios méritos y no por intercesión de nadie.  El Sendero es duro y realista, y no da cabida a las fantasías acomodaticias al gusto.  ¿Ha logrado usted vencer uno solo de sus vicios morales que más le avergüenzan?  ¡Claro que no!  Aunque le agrade fanfarronear al respecto.  Aunque sea fanático del autoengaño.
Por otra parte, las religiones de occidente han inventado todo tipo de teorías simpáticas para la captación de “adictos”, tales como el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y otros disparates semejantes o peores.  Todo un clientelismo cuyo único fin parece ser el de reclutar fieles incondicionales a los dogmas de sus respectivas agrupaciones.  Y como trasfondo de todo, se encuentra un decorado milagrero al gusto del público y feligreses.
         Según la Doctrina Secreta, el Hombre es un peregrino de la Eternidad; una chispa divina desprendida de la Gran Llama y que, mientras dura su largo periplo, se encuentra solitario, librado a su propia suerte, a su capacidad, en síntesis, a su libre albedrío.  Debe recorrer todo el trayecto doloroso en la búsqueda del Sendero que habrá de conducirlo al paraíso que dejó atrás.  Y cuando termina su viaje, lo hace como un dios poderoso y autoconsciente de su grandeza y sabiduría. Eso, según la filosofía oriental.   Pero… un momento.  ¿Quién es ese Hombre que evoluciona durante esa “eternidad” de sufrimiento?  ¿Es usted, Pancho Pérez?  ¿Juanita García?  ¿Yo?  Por supuesto que no.  No se engañe ni permita que le hagan historietas al gusto suyo.  El hombre físico que somos, solo es el vehículo (la prisión) del Hombre Eterno, del dios que encarna y se sumerge en la materia.  Ese es el ángel caído de la metáfora, el Hombre inmortal.  Decepcionante ¿no es cierto?  Pero así es, si se fija bien en los escritos sagrados y esotéricos de todas las grandes religiones.  El hombre que vemos solo es un instrumento, una herramienta que es utilizada en el desarrollo del Dios interno.  Que no es usted.
Según la Doctrina Secreta el hombre está constituido por dos partes: la Personalidad y la Individualidad.   La personalidad es el ego inferior que está formada por el cuerpo físico, el emocional y la mente baja; esta la que se apodera del personaje y llega a creer que ella es el dios evolucionante.  Pero todos estos desaparecen con la muerte.  Luego está el Ego Superior, el dios interno del que habla Pablo.  Esa es la entidad que encarna y evoluciona, utilizando en el transcurso de su largo viaje, a centenares de miles de cuerpos físicos (personalidades) que le sirven de vehículo para su proceso evolutivo.  Así que si usted cree que es quien va a “ir al cielo”, está equivocado lastimosamente.  Pero por más que nos duela y nos haga sentir mal (debido al apego al “yo”), esa parece ser la respuesta lógica. 
¿Ha pensado usted en lo terriblemente difícil que es “dominar” uno solo del infinito número de vicios morales (debilidades) que tenemos?  Piense en la lujuria, la gula o la ira, y medite en cómo dominan su voluntad; son demonios internos que nos manejan a su antojo.  Y son miles de esos defectos los que controlan por completo nuestras acciones.  Entonces, ¿por qué suponemos que sea posible librarse de todos ellos mediante un esporádico “arrepentimiento” o cualquier otro artificio religioso?  O por el “perdón de los pecados”.
Según lo plantea la filosofía oriental, el camino es claro: aceptar lo que somos (conócete a ti mismo), e iniciar el recorrido del Sendero con una finalidad bien clara: la liberación.  Pero esta, como todos lo sospechamos, es imposible de lograr en una sola vida.  NO SE PUEDE.  Así de simple.  Y ese es el principal argumento a favor de la reencarnación del Ego.  Claro que lo más difícil de esta teoría es la aceptación de que nosotros solo somos la PERSONALIDAD, un instrumento desechable que solo sirve al propósito evolutivo de nuestro dios interno, el Ego reencarnante, del cual nada sabemos.  Y lo que es peor, con el cual NO tenemos contacto alguno demostrable mediante la ciencia, las religiones, la sicología o la razón.  Aterradora teoría, ¿no es cierto?  Es más fácil, agradable y tranquilizante el “paquete” de salvación que nos ofrecen las confesiones occidentales.  Pero, ¿realmente cree usted en la posibilidad real de salvarse mediante los rituales que nos ofrecen nuestros pastores y sacerdotes?  ¿Qué sospecha usted?  ¿Apuesta por lo fácil?  Háganos un comentario.
Fraternalmente
                            Ricardo Izaguirre S.                 Correo: rhizaguirre@gmail.com
Blog:   www.lachispa2010.blogspot.com/
                           
          

miércoles, 15 de marzo de 2017

2072 Terrorismo interneteano



1072  LA CHISPA       
Lema: “En la indolencia cívica del ciudadano, se fundamentan los abusos del Poder”
TERRORISMO “INTERNETEANO”
         La magia de la Internet es admirable, y yo hubiera deseado contar con ella cuando ejercía mi trabajo como profesor.  Hubiera podido prescindir de un gran fardo de libros que solo se compraban para extraer de ellos algunos artículos o información actualizada.  Todas las “geografías” y libros de ciencias estaban atrasados diez años, sin importar la fecha de la edición; y si sus originales eran en inglés u otro idioma, eran más obsoletos todavía.  La Internet le puso término a ese obscurantismo y nos proporcionó información fresca a montones, casi en exceso.  Tan efectivo fue, que llegamos a la saturación y las fuentes de datos superaron por completo nuestra capacidad no solo de aprender sino de tan solo revisar semejante volumen de “data”, como dicen los expertos.  Prácticamente fuimos ahogados por la masiva cantidad de temas.  Bibliotecas enteras empezaron a circular en forma gratuita por la red; todo se  puso al alcance de todo el mundo.  La Internet pasó a ser el ORÁCULO universal de nuestra civilización; se convirtió en la “Verdad Oficial” en el mundo de la cibernética.
         Si está en la red, debe ser cierto.  Esto se convirtió en un peligroso dogma de aceptación global, pero todos sucumbimos ante el embrujo de aquella fuente inagotable de conocimientos… demasiada información, imposible de digerir ni siquiera en una ínfima cantidad.  Todos fuimos saturados y empezamos a sentirnos incapaces ante semejante prodigio.  Nos creó la sensación de impotencia, de desvalimiento ante tal catarata de “sabiduría”.  Y para el ciudadano corriente la Red pasó a ser Dios, el que todo lo sabe y todo lo puede.  No hay qué no esté en ella o en la “nube” o cualquiera de sus otros tentáculos.  Somos cautivos “voluntarios” de la red, esclavos de la red; y nada nos aflige o desgarra tanto como una caída del sistema, lo cual nos deja en la peor orfandad que podamos imaginar; ni siquiera la tele es tan importante como la red.
         Ya no pensamos por nuestra cuenta, solo repetimos lo que dice la Internet, y cualquiera que sea la opinión que hemos escogido para repetir como loros, se encuentra respaldada por 15, 23 o 35 mil artículos más que afirman lo mismo.  De parte de todos los doctores del mundo, de todas las universidades y academias del planeta.  Es imposible rebatir tal Autoridad cuyo fundamento principal es la sumisión del intelecto colectivo e individual, a un sistema que, sin probar nada, cuenta con la aprobación de todos.  Con el aval que le damos por indolencia.  Por la pereza mental que nos abruma.  Además, por la atemorizante cantidad de personas e instituciones que han creado alrededor de la Red, un velo de misterio y POTESTAD que nadie se atreve a desafiar.  Y si no nos convencen por completo, al menos nos hacen dudar y nos obligan a sumergirnos más en la Red, en busca de más compleja y abundante información.  Y quedamos atrapados  en ella para siempre.
         Veamos un ejemplo: el History Channel.  Todos damos por sentado que este canal es la última palabra cuya VERACIDAD es indiscutible, y que todo lo que dice es históricamente cierto y exacto.  Incluso nos presentan personajes distinguidos en diversos campos de la ciencia, dando sus sabias opiniones sobre temas de los que el vulgo sabe poco o nada.  Esta gente se vale de esa autoridad que se han auto conferido para divulgar como verdades irrebatibles, teorías no demostradas e indemostrables.  Tal es la historia de Albert Einstein que han estado publicando estos días.  Todo parece ser una confabulación para convencer al mundo de que esa persona inventó y descubrió todo cuanto vale la pena en el campo de la ciencia; en síntesis, que fue un gigante intelectual al que la humanidad le debe TODO.  ¿A qué se deberá ese intento tan tenaz?  Al ver ese programa, y si se carece de otras fuentes de información, el promedio de personas llegará a esa errada conclusión de que Einstein fue lo que dice la Red, lo cual es lamentable.  La intromisión de Einstein (como estrella) en cuanta situación podamos imaginar, es un abuso sobre la indefensión intelectual del público. 
         Vean ustedes que no hay programa alguno en donde, venga o no al caso, siempre, siempre traen a colación a Einstein, a como dé lugar; y en todos esos cuentos siempre lo ensalzan más allá de lo razonable y humano, y se expresan de él de tal manera como si se tratara de un gigante de la ciencia, un extraterrestre o una especie de dios.  Y yo les pregunto: ¿qué fue lo que hizo ese señor en realidad?  ¿Qué aportó a la ciencia que sea una realidad demostrada o demostrable?  Sin lugar a dudas.  ¿Qué inventó, qué creó?  Este señor fue un físico teórico que, apoyándose en otros hombres de ciencias, plagió muchas ideas para hacer creer al mundo que él era su creador.  Esa es la verdad.  Investigue fuentes neutrales y que no estén bajo la imposición de ciertos círculos del Poder, especialmente el cinematográfico.  Pero si proviene de Hollywood, tenga la seguridad de que cualquier información es amañada.  Cualquiera y sin excepción.
         Así que tratándose de “conocimientos” que se encuentran en la Red, incluidas las “series especiales” para ciertos canales, parece que tenemos  que rendirnos, pues no solo es el poder de grandes intereses, sino las legiones de personas que han sido catequizadas por estas monstruosas campañas de  propaganda.  La Red es valiosísima pero a la vez, un gran peligro, porque se trata de un todopoderoso medio de sometimiento intelectual a ideas y gustos ajenos a lo que somos en realidad.  Vean el ejemplo de cómo nos están “educando” para que nos guste el fútbol americano o rugby; o el tenis, y peor aún, el golf y otros deportes que son propios de sociedades ricas.  Sin embargo, no se trata de eliminar tal herramienta de nuestras vidas, sino de hacer un uso inteligente de ella.  La Red no es Dios, aunque se encuentre muy cerca de serlo.  La red es valiosa y útil, pero no rigurosamente veraz ni imparcial.
                   Redescamente
                                               Ricardo Izaguirre S.           Correo: rhizaguirre@gmail.com
Blog “LA CHISPA”:      www.lachispa2010.blogspot.com

domingo, 5 de marzo de 2017

1075 ¡Por Dios, señor Trump, sosiéguese!



1075  LA CHISPA        (27 de febrero de 2017)
Lema: “En la indolencia cívica del ciudadano, se fundamentan los abusos del Poder”
¡Por Dios, señor Trump, sosiéguese!
         Ya no es el dictadorzuelo de las empresas Trump, el diosecillo encaramado en su torre neoyorquina; ya no es solo el magnate de los bienes raíces y de cien empresas más. Tiene que demostrar más tacto y mesura.  Ya NO PUEDE ser el don Juan atrevido y grosero que se expresa despectivamente de las mujeres del mundo entero; ya no tiene derecho a ser, públicamente, el patán que su fortuna económica le ha permitido ser en sus relaciones sociales  privadas.  Ya no es el showman de concursos de belleza y televisión.  Tampoco es un jovenzuelo “tuitero” que puede regir los destinos de su país y del mundo mediante una “cuenta” de Internet.  Ya no puede seguir siendo el comediante que era en su vida privada hasta antes de entrar en la política.  Ya no tiene la libertad de opinar en forma alocada, con el cerebro desconectado de la realidad, de su entorno y de la historia.
         Ahora, señor Trump, es el PRESIDENTE  de los Estados Unidos de América, la nación más poderosa del mundo y, por lo tanto, la de mayor influencia general.  La guasa de la campaña electoral llegó a su fin y debe darle paso a una forma seria y responsable de dirigirse a sus conciudadanos y al mundo entero.  Todo el planeta sabe lo que puede esperar de su país: lo mismo de siempre.  Sin importar quién sea el presidente o de cuál partido, pero eso sí, todos exigimos SERIEDAD y sentido común, y no una retórica amenazante de alguien que no parece tener todavía, una idea de cuál es la realidad mundial ni cómo se manejan las relaciones internacionales en la sociedad moderna.  Usted parece desconocer (o despreciar) las más elementales normas del derecho internacional y la convivencia pacífica entre pueblos civilizados.  Sepa que hay algo que se llama DIPLOMACIA, y que usted parece ignorar por completo.  El carnaval electorero terminó, y es hora de trabajar seriamente, haciendo lo mismo de siempre; lo que siempre hacen los Estados Unidos: sacar ventaja de todo el que se pueda… pero con “diplomacia”.
¡Sosiéguese, señor Trump!  Ya es el presidente de USA.  Sea serio y pare la fiesta de los “tuits” y sus pequeños pleitos domésticos como si usted fuera un adolescente resentido.  ¡Usted es el César y tiene a todo el Senado a su favor!  Gobierne como uno de los grandes presidentes de los Estados Unidos y no pierda su tiempo jugando en la Internet y haciéndose cada día más odioso, incluso para sus propios partidarios.  Y como el César que es, ocúpese de los grandes problemas de su país y del mundo, y deje las pequeñeces ordinarias en manos de sus lacayos y sirvientes.  Porque, ¿cuál es el objetivo de tan mezquina y malévola actitud como la de tratar de restarle méritos a una consagrada de la cinematografía mundial?  ¿Tiene algún propósito válido y útil atacar y tratar de ofender a una dama como Meryl Streep, una señora tan querida en el mundo del espectáculo?  Sálgase de ahí, señor Trump; usted ya no está en la farándula de los concursos de belleza.  Ahora es EL PRESIDENTE de los Estados Unidos, y eso demanda una actitud superior, serena, inteligente y ecuménica, y no las rabietas alocadas e impredecibles de un hombre que, por su edad, debe transmitir a sus coterráneos y a todo ese mundo sobre el cual influyen los Estados Unidos, la sensación de que al timón de la Casa Blanca y “Amerrica”, se encuentra un hombre sensato, y no un adolescente “tuitero” y resentido social que cree que todavía se puede imponer la ley del más rápido con el revólver.
Agrandar la maquinaria bélica de USA no ayuda en nada.  Nadie amenaza militarmente a Estados Unidos.  Eliminar el “Obama Care” para invertir en armas NO es la solución a los problemas de su país.  Los pueblos están hartos de guerras “salvadoras” para garantizar la paz mundial y duradera.  La historia no registra ninguna guerra que haya solucionado algún problema.  Tampoco se ha construido muro alguno que impida el contacto humano para siempre: ahí está el testimonio elocuente de la Muralla China. O el muro de Berlín. Esfuerzos tan grandiosos como inútiles.  Cálmese, señor Trump, y sea cuerdo; utilice su enorme poder para crear beneficios para todo el mundo.  Integre a los Estados Unidos a la comunidad mundial; no siembre cizaña creyendo que con eso va a obtener frutos comestibles.  Los norteamericanos también pertenecen a la raza humana.  Usted también, señor Trump, aunque todavía no se haya dado cuenta.  Déjese de infantilismos en las redes sociales y concéntrese no en buscar camorra y enemigos imaginarios sino en la consecución de metas comunes a todos los habitantes de este bendito planeta, hogar de nuestra singular especie.
¡Cálmese, señor Trump!  Y deje de estar amenazando al mundo.  No se haga más antipático de lo que es, simplemente porque entre sus adláteres NO hay quienes se atrevan a decirle desde cuándo empezó a rebasar los límites del respeto, la consideración y el espíritu de convivencia.  El escenario mundial NO es el Lejano Oeste; es una vasta comunidad humana que aspira a comer lo suficiente, saber que no los van a bombardear por diversión, tener seguridad y la posibilidad de educar y ver crecer a sus hijos.  La gente NO quiere que conviertan a sus países en campos de tiro y ensayo de armas novedosas y letales como el caso de Siria.  ¡Apláquese, señor Trump!  Usted, en su condición de César, está en la OBLIGACIÓN de dar un ejemplo de mesura, buen juicio y serenidad, no de inmadurez o matonería propia de la época del Big Stick.  Y deje en paz a las redes sociales.  Usted no es un jovencito ni una estrella de rock.  Sea formal, usted es un Señor, y nada menos que Presidente de los ESTADOS UNIDOS.  No le luce esa actitud de “rebeldón” de las redes sociales; está muy viejo para eso.
Tuiterescamente                    Ricardo Izaguirre S.

domingo, 5 de febrero de 2017

201 ¿De qué me arrepiento?



201   LA CHISPA 

Lema: “En la indolencia cívica del ciudadano, se fundamentan los abusos del Poder”.

¿DE QUÉ ME ARREPIENTO?

            Esta no es solo una reflexión del que escribe esta “Chispa”, sino que debería ser una obligación de todo ser humano que tenga un poco de conciencia y que piense que somos algo más que simples animales.  Cuando pensamos que somos algo así como una nave que inició el viaje el día que nacimos, estamos forzados a cuestionar todo lo que hicimos en nuestro periplo, y de qué manera el oleaje de nuestra embarcación afectó a aquellos que tuvieron la dicha o la desgracia de atravesarse en nuestra ruta, o de navegar en paralelo con nosotros.  Pero sobre todo, tenemos el deber de pensar en aquellas pequeñas navecillas que tuvieron el infortunio de ser atropelladas por nosotros.  Maltratadas por nuestra indiferencia, olvido, grosería, infidelidad, violencia o, lo que es más lamentable todavía, la falta de Amor.
         Pero esta reflexión se debe hacer a menudo; o por lo menos a la mitad de nuestras existencias, no importa cuánto duren estas.  Hacerla al final de la vida, cuando ya no tiene caso, solo sirve para llenarse de amargura ante lo que pudo ser o pudimos hacer y lo dejamos pasar sin tomar partido o comprometernos afectivamente.  Es terrible que en el balance final, nuestras cuentas sean deficitarias en nuestras relaciones con los demás, en especial, con aquellos que nos quisieron o pudieron haberlo hecho.  Es triste no haber amado a mi suegra con la intensidad que merecía esa alma tan dulce y noble que no parecía un ser humano sino un ángel.  Un ángel que pasó fugazmente por mi vida, y a quien no supe valorar por falta de atención.  O a aquel amiguito a quien vi morir a los veinte años, sin haberle dicho cuánto lo admiraba.
         En el caso mío, bien podría decir que no me arrepiento de nada; he tenido una larga y buena vida, he gozado de una salud estupenda, tengo buenos hijos y nietos encantadores; incluso bisnietos dignos de ser amados con intensidad.  No tengo plata, pero he recibido otros bienes de los que muchos carecen, y que sirven para entrar en la gloria e incluso en la historia.  Esta no es arrogancia ni me refiero a la Gloria del Cielo ni a la Historia, sino a esa humilde morada del descanso final, y a la fugaz historia que dura tanto como los recuerdos de mis hijos y los que me han querido a pesar de lo que soy.  Sí, bien podría decir que no me arrepiento de  nada; he vivido mucho, he conocido gran parte del mundo y he hecho lo que me ha dado la gana.  Nunca me he visto obligado ni he tenido que arrastrarme ante nadie por ninguna razón.  Me he sentido en la cumbre y en el fondo, pero jamás me he permitido el desperdicio emocional de odiar a alguien por algún motivo.  Tampoco he tolerado que nadie me convierta en su vasallo; y nunca he visto en ningún hombre, nada que no sea un hombre, sin importarme su apellido, prosapia o hazañas que le atribuyan.  No he sido mezquino para reconocer la valía de mis semejantes, sin importar que me caigan mal o lo que otros digan de ellos.  He amado en forma imprudente e irreflexiva a mis amigos, sin tener en consideración si lo merecían o no.  También he gozado de ese afecto irrestricto de parte de ellos.  Conocí estupendas y dulces mujeres que me amaron buenamente sin que yo, hasta el momento, haya podido entender el porqué.
         Claro que podría decir que no me arrepiento de nada, y talvez otros podrían creerme, pero eso no es cierto.  ¡Claro que me arrepiento de muchas cosas!  Me pesa no haber hablado lo suficiente con mi madre y no haberle dicho cuánto la amaba y cuánto respetaba su carácter y talento; me duele mucho no haberle dedicado más tiempo a mis hijos, haberlos “vivido” intensamente cuando eran niños, pues en un descuido y parpadeo del tiempo, se me hicieron grandes y ya no los pude “chinear”, llevar de la mano o enjugarles las lágrimas cuando fue necesario.  Me arrepiento de haber sentido cierta vergüenza de amar sin tapujos a la mujer de mi vida y, lo peor, de no habérselo dicho nunca por haberlo considerado innecesario.  Me apena haber dado por un hecho que los otros entendían aquellos sentimientos y emociones que nunca transformé en palabras.  Me arrepiento de haber sido tan tacaño con estas, de manera que nunca prodigué a los que he amado, una cascada interminable de elogios y parabienes; de no haberles dicho todos los días, a cada hora, cuánto los he amado. Me arrepiento de no haber estado “allí” cuando fui necesario, porque di por un hecho que los demás sabían que yo los apoyaba.  Me duele haber dejado en el arcano del silencio, todas las palabras melosas que pudieron enriquecer y endulzar la vida de los míos, solo porque juzgué que era cursilería propia de mujeres.  Me pesa no haberle dicho a mi mujer, cada día, qué linda es y cuanto la amo, porque siempre pensé que la época del romanticismo había quedado atrás en el tiempo.  O que ya estábamos viejos para eso.
         Lamento mucho no haberles dicho a mis hijos cuánto los amo y qué tan orgulloso estoy de ellos, pues siempre di por descontado que lo sabían, pero nunca lo oyeron de mi boca.  Me pesan mucho todos esos silencios lapidarios que puse donde era necesario el calor y la ternura de las palabras amables.  Y ese silencio siempre duele, pues todos los seres deseamos “saber” a diario que somos amados.  Necesitamos ese refuerzo que, aunque parezca tontería, es una poderosa alcayata moral donde nos apoyamos en el día a día.  Me arrepiento de la indiferencia que simulé siempre ante las cosas menudas y cotidianas que forman la esencia de la vida familiar.  Me duele mucho la aspereza con la que cubrí mi alma y con la que espanté de mi lado a aquellos que amaba y que tanto pudieron quererme.  Me molesta la indiferencia de la que siempre hice alarde, simulando que poco me importaban las cositas rutinarias que hacen la alegría de los niños, las mujeres y la gente sencilla y buena que no vive en mundos ficticios e idiotas como el mío.  Me duele tanto haber sido tan necio e insensible.
         Cómo me pesa haber sido tan “serio” con mis alumnos y no haberles permitido que se acercaran más a mí, de tal suerte que sintieran que detrás del estirado profesor, había un ser humano con alma y sensibilidad.  Un hombre que podía comprenderlos y que era capaz de vibrar al ritmo de sus miedos, alegrías y angustias.  Cómo me duele que tantos de ellos hayan sido seres invisibles para mí, a los que solo logré percibir en un sentido abstracto a través de un cuaderno de notas.  Y todos se me hicieron hombres y mujeres, padres e incluso abuelos, sin que yo me hubiera dado la oportunidad de disfrutar de su compañía y de las tantas cosas alegres, auténticas y bellas que tienen los jóvenes.  A veces me digo que hice lo mejor, que traté de ser el mejor profesor del mundo, pero sé que no es así.  Jamás puse el ingrediente principal que hace que la vida y las relaciones entre los seres humanos tengan el carácter que les da perennidad: el amor.  Sé que fui duro y un tanto seco, y eso limitó el fruto que pudieron dar aquellos niños que estuvieron confiados a mi dirección  y cuidado.
         Pero de nada me arrepiento tanto, como del hecho de haberles negado mi afecto y atención a algunos niños allegados que, ahora hombres, ya no necesitan nada de mí.  En forma intencional me negué la oportunidad de haberles hecho el mejor obsequio que todos podemos brindar sin limitación alguna: cariño.  Con eso talvez dejé una carencia intrascendente en sus vidas; pero en la mía, se hizo un vacío absoluto, tenebroso e irreparable.  Fui tacaño con una riqueza que es infinita en el reservorio del Universo.  Fui mezquino con un recurso ilimitado del cual podemos disponer a placer.  Les negué una migajita de algo que nada me costaba, y que hubiera enriquecido sus vidas pero, principalmente, la mía. 
         A todos ellos y ellas les pido perdón, aunque nunca se den cuenta y ya nada les importe.  A lo mejor ni me recuerdan, lo que sería mil veces preferible.  Lamento mucho no haber sido mejor hijo, padre, amigo, hermano, marido o amante.  Me arrepiento de haber entregado nada a cambio de lo mucho que recibí.  Sé que ya es tarde para lamentaciones de mi parte, y es por eso que escribí esta “Chispa”.  Un poco para desahogarme pero, fundamentalmente, para que otros que están a tiempo, puedan meditar y corregir el rumbo de una vida estéril.  Porque esta sin amor, servicio y entrega, no vale ni la cáscara de un maní, por mucho oropel que la adorne.
         Si le gustó esta “Chispa”, hágala circular, talvez pueda servirle a algunos de los que todavía tienen la posibilidad de hacer entrega a sus semejantes, de la joya más valiosa que podemos obsequiarles: el interés honesto por los asuntos de sus vidas pero, sobre todo, de ese tesoro inagotable del que todos podemos disponer a discreción y sin límite alguno: el Amor.

         Fraternalmente
                                      Ricardo Izaguirre S.