domingo, 5 de febrero de 2017

201 ¿De qué me arrepiento?



201   “LA CHISPA”  

Lema: “En la indolencia cívica del ciudadano, se fundamentan los abusos del Poder”.

¿DE QUÉ ME ARREPIENTO?

            Esta no es solo una reflexión del que escribe esta “Chispa”, sino que debería ser una obligación de todo ser humano que tenga un poco de conciencia y que piense que somos algo más que simples animales.  Cuando pensamos que somos algo así como una nave que inició el viaje el día que nacimos, estamos forzados a cuestionar todo lo que hicimos en nuestro periplo, y de qué manera el oleaje de nuestra embarcación afectó a aquellos que tuvieron la dicha o la desgracia de atravesarse en nuestra ruta, o de navegar en paralelo con nosotros.  Pero sobre todo, tenemos el deber de pensar en aquellas pequeñas navecillas que tuvieron el infortunio de ser atropelladas por nosotros.  Maltratadas por nuestra indiferencia, olvido, grosería, infidelidad, violencia o, lo que es más lamentable todavía, la falta de Amor.
         Pero esta reflexión se debe hacer a menudo; o por lo menos a la mitad de nuestras existencias, no importa cuánto duren estas.  Hacerla al final de la vida, cuando ya no tiene caso, solo sirve para llenarse de amargura ante lo que pudo ser o pudimos hacer y lo dejamos pasar sin tomar partido o comprometernos afectivamente.  Es terrible que en el balance final, nuestras cuentas sean deficitarias en nuestras relaciones con los demás, en especial, con aquellos que nos quisieron o pudieron haberlo hecho.  Es triste no haber amado a mi suegra con la intensidad que merecía esa alma tan dulce y noble que no parecía un ser humano sino un ángel.  Un ángel que pasó fugazmente por mi vida, y a quien no supe valorar por falta de atención.  O a aquel amiguito a quien vi morir a los veinte años, sin haberle dicho cuánto lo admiraba.
         En el caso mío, bien podría decir que no me arrepiento de nada; he tenido una larga y buena vida, he gozado de una salud estupenda, tengo buenos hijos y nietos encantadores; incluso bisnietos dignos de ser amados con intensidad.  No tengo plata, pero he recibido otros bienes de los que muchos carecen, y que sirven para entrar en la gloria e incluso en la historia.  Esta no es arrogancia ni me refiero a la Gloria del Cielo ni a la Historia, sino a esa humilde morada del descanso final, y a la fugaz historia que dura tanto como los recuerdos de mis hijos y los que me han querido a pesar de lo que soy.  Sí, bien podría decir que no me arrepiento de  nada; he vivido mucho, he conocido gran parte del mundo y he hecho lo que me ha dado la gana.  Nunca me he visto obligado ni he tenido que arrastrarme ante nadie por ninguna razón.  Me he sentido en la cumbre y en el fondo, pero jamás me he permitido el desperdicio emocional de odiar a alguien por algún motivo.  Tampoco he tolerado que nadie me convierta en su vasallo; y nunca he visto en ningún hombre, nada que no sea un hombre, sin importarme su apellido, prosapia o hazañas que le atribuyan.  No he sido mezquino para reconocer la valía de mis semejantes, sin importar que me caigan mal o lo que otros digan de ellos.  He amado en forma imprudente e irreflexiva a mis amigos, sin tener en consideración si lo merecían o no.  También he gozado de ese afecto irrestricto de parte de ellos.  Conocí estupendas y dulces mujeres que me amaron buenamente sin que yo, hasta el momento, haya podido entender el porqué.
         Claro que podría decir que no me arrepiento de nada, y talvez otros podrían creerme, pero eso no es cierto.  ¡Claro que me arrepiento de muchas cosas!  Me pesa no haber hablado lo suficiente con mi madre y no haberle dicho cuánto la amaba y cuánto respetaba su carácter y talento; me duele mucho no haberle dedicado más tiempo a mis hijos, haberlos “vivido” intensamente cuando eran niños, pues en un descuido y parpadeo del tiempo, se me hicieron grandes y ya no los pude “chinear”, llevar de la mano o enjugarles las lágrimas cuando fue necesario.  Me arrepiento de haber sentido cierta vergüenza de amar sin tapujos a la mujer de mi vida y, lo peor, de no habérselo dicho nunca por haberlo considerado innecesario.  Me apena haber dado por un hecho que los otros entendían aquellos sentimientos y emociones que nunca transformé en palabras.  Me arrepiento de haber sido tan tacaño con estas, de manera que nunca prodigué a los que he amado, una cascada interminable de elogios y parabienes; de no haberles dicho todos los días, a cada hora, cuánto los he amado. Me arrepiento de no haber estado “allí” cuando fui necesario, porque di por un hecho que los demás sabían que yo los apoyaba.  Me duele haber dejado en el arcano del silencio, todas las palabras melosas que pudieron enriquecer y endulzar la vida de los míos, solo porque juzgué que era cursilería propia de mujeres.  Me pesa no haberle dicho a mi mujer, cada día, qué linda es y cuanto la amo, porque siempre pensé que la época del romanticismo había quedado atrás en el tiempo.  O que ya estábamos viejos para eso.
         Lamento mucho no haberles dicho a mis hijos cuánto los amo y qué tan orgulloso estoy de ellos, pues siempre di por descontado que lo sabían, pero nunca lo oyeron de mi boca.  Me pesan mucho todos esos silencios lapidarios que puse donde era necesario el calor y la ternura de las palabras amables.  Y ese silencio siempre duele, pues todos los seres deseamos “saber” a diario que somos amados.  Necesitamos ese refuerzo que, aunque parezca tontería, es una poderosa alcayata moral donde nos apoyamos en el día a día.  Me arrepiento de la indiferencia que simulé siempre ante las cosas menudas y cotidianas que forman la esencia de la vida familiar.  Me duele mucho la aspereza con la que cubrí mi alma y con la que espanté de mi lado a aquellos que amaba y que tanto pudieron quererme.  Me molesta la indiferencia de la que siempre hice alarde, simulando que poco me importaban las cositas rutinarias que hacen la alegría de los niños, las mujeres y la gente sencilla y buena que no vive en mundos ficticios e idiotas como el mío.  Me duele tanto haber sido tan necio e insensible.
         Cómo me pesa haber sido tan “serio” con mis alumnos y no haberles permitido que se acercaran más a mí, de tal suerte que sintieran que detrás del estirado profesor, había un ser humano con alma y sensibilidad.  Un hombre que podía comprenderlos y que era capaz de vibrar al ritmo de sus miedos, alegrías y angustias.  Cómo me duele que tantos de ellos hayan sido seres invisibles para mí, a los que solo logré percibir en un sentido abstracto a través de un cuaderno de notas.  Y todos se me hicieron hombres y mujeres, padres e incluso abuelos, sin que yo me hubiera dado la oportunidad de disfrutar de su compañía y de las tantas cosas alegres, auténticas y bellas que tienen los jóvenes.  A veces me digo que hice lo mejor, que traté de ser el mejor profesor del mundo, pero sé que no es así.  Jamás puse el ingrediente principal que hace que la vida y las relaciones entre los seres humanos tengan el carácter que les da perennidad: el amor.  Sé que fui duro y un tanto seco, y eso limitó el fruto que pudieron dar aquellos niños que estuvieron confiados a mi dirección  y cuidado.
         Pero de nada me arrepiento tanto, como del hecho de haberles negado mi afecto y atención a algunos niños allegados que, ahora hombres, ya no necesitan nada de mí.  En forma intencional me negué la oportunidad de haberles hecho el mejor obsequio que todos podemos brindar sin limitación alguna: cariño.  Con eso talvez dejé una carencia intrascendente en sus vidas; pero en la mía, se hizo un vacío absoluto, tenebroso e irreparable.  Fui tacaño con una riqueza que es infinita en el reservorio del Universo.  Fui mezquino con un recurso ilimitado del cual podemos disponer a placer.  Les negué una migajita de algo que nada me costaba, y que hubiera enriquecido sus vidas pero, principalmente, la mía. 
         A todos ellos y ellas les pido perdón, aunque nunca se den cuenta y ya nada les importe.  A lo mejor ni me recuerdan, lo que sería mil veces preferible.  Lamento mucho no haber sido mejor hijo, padre, amigo, hermano, marido o amante.  Me arrepiento de haber entregado nada a cambio de lo mucho que recibí.  Sé que ya es tarde para lamentaciones de mi parte, y es por eso que escribí esta “Chispa”.  Un poco para desahogarme pero, fundamentalmente, para que otros que están a tiempo, puedan meditar y corregir el rumbo de una vida estéril.  Porque esta sin amor, servicio y entrega, no vale ni la cáscara de un maní, por mucho oropel que la adorne.
         Si le gustó esta “Chispa”, hágala circular, talvez pueda servirle a algunos de los que todavía tienen la posibilidad de hacer entrega a sus semejantes, de la joya más valiosa que podemos obsequiarles: el interés honesto por los asuntos de sus vidas pero, sobre todo, de ese tesoro inagotable del que todos podemos disponer a discreción y sin límite alguno: el Amor.

         Fraternalmente
                                      Ricardo Izaguirre S.











miércoles, 11 de enero de 2017

1074 La envidia



1074  “LA CHISPA”         (1 de enero de 2017)
Lema: “En la indolencia cívica del ciudadano, se fundamentan los abusos del Poder”
LA  ENVIDIA
         Dentro del enorme repertorio de vicios morales que todos tenemos, se encuentra la envidia; y aunque hábilmente camuflada por nuestra vanidad, impostura, cinismo y cobardía, siempre sale a flote en las relaciones humanas.  Y sin importar cuánto la disimulemos con los más variados recursos maliciosos, siempre se captan las actitudes y acciones de los envidiosos.  Y el primer síntoma de su presencia es la negación rotunda que hacen de ella sus practicantes.  No hay persona alguna que admita serlo, pues como todos estos defectos suelen ser abominables, nadie quiere cargar con tan denigrante calificativo.  Y es tanto el esfuerzo que se hace en ese sentido, que muchos (demasiados) individuos se llegan a creer su propia exculpación.  Pero este mal persiste como una lepra moral que nos amarga la vida continuamente.  El envidioso (y lo somos todos) es la principal víctima de su retorcida moral cuya raíz nociva se encuentra en otro vicio peor: el egoísmo. 
         Este defecto moral se fundamenta en la convicción de que somos mejores que los demás (egolatría) y, por lo tanto, merecedores de todos los laureles que, por “injusticias inexplicables” nos son negados en el transcurso de la vida. Y como este mal siempre apareja otros, resulta que estas personas suelen ser calumniadoras, irrespetuosas, rencorosas, maliciosas, mezquinas y despectivas.  Pero ¿qué es la envidia?  La pregunta es necesaria porque aunque todos somos envidiosos en alguna medida, nunca nos ponemos a analizar la naturaleza de la envidia y lo que genera en nuestra mente y cuerpo.  Y no lo hacemos porque como negamos el hecho de ser envidiosos, no vemos la necesidad de hacerlo.  De esa manera, nunca enfocamos de manera correcta el torrente emocional que se desata en nosotros cuando somos víctimas de un ataque de envidia.  La más leve incomodidad que nos produzcan los logros ajenos es producto de la envidia; y la escala de esta va desde un pequeño malestar hasta un auténtico arrebato de rabia, generalmente disimulada incluso con “elogios” al laureado.  Y aunque nunca admitimos, ni siquiera para nuestro interior, que lo que nos mortifica de los éxitos ajenos es envidia pura, de eso se trata. 
         ¿Dónde se siente la envidia?  En el sitio en donde se generan todos nuestros pensamientos: en la mente, cuna amorosa y alcahueta de todas nuestras bajas pasiones que, luego de ser incubadas en ese cubil, se convierten en emociones incontroladas que terminan por causar graves daños físicos a nuestros cuerpos.  Y cuando ese estado pasional nos rebasa, se da la peor manifestación de la envidia: se hace notoria para todos y nos da el "bañazo".  Cuando somos incapaces de mantener la compostura o la impostura ante los triunfos ajenos y nos desbocamos en críticas mezquinas, renunciamos a la hipocresía y nos colgamos el cartel de envidiosos.
         La envidia es dolorosa y su curación es casi imposible porque somos incapaces (una forma de cobardía) de admitir que estamos enfermos de ese mal social que se fundamenta en la idea de que somos mejores que todos los demás.  La arrogancia juega aquí un papel crucial, porque si tuviéramos la honestidad y humildad necesarias, podríamos dar el primer paso en busca de la cura:  admitir que somos envidiosos.  Sin embargo, el simple reconocimiento no es suficiente para librarnos del dolor que produce esta enfermedad moral.  Yo no sé cuál es el camino práctico para hacerlo, pero creo saber cuál es la teoría.  Y esta dice que hay que ser generosos, altruistas y desprendidos; que hay que sentir amor y ser humildes.  Pero ¿cómo se hace para ser generoso cuando siempre hemos sido egoístas?  ¿Cómo ser veraces cuando lo único que hablamos y decimos son mentiras?  Si lo único que hemos hecho en toda la vida es ser intolerantes,  ¿de dónde podemos sacar el potencial para ser tolerantes y poder soportar sin alteración los éxitos ajenos?
         La envidia nos carcome y siempre es dañina, aunque finjamos alegría por el bienestar ajeno; incluso del de nuestros propios parientes y amigos.  Nadie, salvo los hombres santos (si existen), está a salvo de la envidia (¿?).  Es solo cuestión de grado y capacidad de simulación lo que nos hace creer que hay personas al margen de este vicio.  Incluso en el “orgullo del éxito de  los hijos”, se encuentran ramificaciones de la todopoderosa envidia.  Ahí están, aunque no las queramos admitir por vergüenza.  O porque se supone que tales sentimientos no deben existir entre padres e hijos.  Y eso, además de la envidia, nos pone de manifiesto nuestra tendencia  hacia la impostura y la deshonestidad.
         Analice sus tendencias honradamente y saque sus propias conclusiones; trate de identificar la envidia en las cosas más simples que se derivan de sus relaciones sociales, sobre todo, cuando estas implican el conocimiento de los logros ajenos; en especial si usted se encuentra estancado o se ha quedado atrás o es pelagatos.  Cuando se entera de que algunos “idiotas” se han graduado en algo que usted “no quiso” (o no pudo) hacerlo, eso que le atosiga es envidia.  ¿No siente envidia cuando se entera de que alguien se ganó 800 millones del Gordo navideño?  Pero de verdad, sin escudarse en la falsa generosidad de la que muchos blasonan.
         Envidia es sentir malestar por el éxito ajeno, incomodidad e incluso rabia declarada; es sentirse miserable y enchilado por el triunfo de los demás.  ¿Es usted envidioso-a?
         Envidiosescamente
                                  Ricardo Izaguirre S.             Correo: rhizaguirre@gmail.com

miércoles, 14 de diciembre de 2016

1071 La Malicia



1071  “LA CHISPA”               
Lema: “En la indolencia cívica del ciudadano, se fundamentan los abusos del Poder”
LA  MALICIA
         La malicia es uno de los peores vicios morales que padecemos los humanos; es el veneno que intoxica todas nuestras relaciones con los demás, incluso con nuestros seres queridos.  En especial con nuestros cónyuges.  Casi nadie está a salvo de la malicia, aún cuando utilicemos bonitos y cómodos eufemismos para justificar ese tipo de aberraciones.  La malicia nos corroe el alma y  no nos permite ver, ni en las mejores personas, un atisbo de nobleza, bondad o cariño; nos transforma en seres odiosos incapaces de buenas respuestas morales.  La malicia se desliza subrepticiamente por entre los resquicios de todas las relaciones humanas, y nos convierte en enfermos de ese mal social que se conoce como “sospechosismo”.  En criaturas estériles para la semilla del amor y la fraternidad; el malicioso es un enfermo espiritual incapaz de ver el bien aunque lo haya recibido en su propia persona.
         Es duro que nos engañen o se burlen de nuestros sentimientos alguna vez, o muchas, eso depende de qué tan ingenuos seamos; pero eso es mil veces preferible que el parapeto de la malicia, detrás del cual se esconden millones de seres humanos que conviertes sus vidas en una miseria permanente, infectados de esa lepra moral.  Es cierto que no debemos ser tontos al extremo de prestarnos a ser víctimas propiciatorias de cuanto pillo nos encontremos en la vida; pero pendular hasta el otro extremo, el de la malicia, que no nos permite más que una visión siniestra de nuestros semejantes, es una gran pérdida de tiempo, oportunidades de disfrutar y  amar.  Claro que si por amar entendemos la obligatoriedad de recibir recompensa, estamos jodidos moralmente.
         La malicia nos convierte en solitarios incapaces de relacionarnos buenamente con nadie, en inválidos morales, en terreno árido  e inútil para la germinación de cualquier sentimiento altruista que nos dé la categoría de humanos.  En sospechadores majaderos cuyas vidas no son más que un miserable manojo de pequeñeces impregnadas del más amargo pesimismo.  En ácido corrosivo que destruye incluso las mejores relaciones familiares.  El malicioso encuentra el mal incluso en los más elevados actos de bondad de los que es capaz el ser humano.
         El malicioso es un espía por vocación, con el deber auto impuesto de encontrar “la verdadera y maligna razón” que se esconde detrás de los actos de los demás; es incapaz de reconocer la fraternidad o el espíritu de servicio.  Para esta clase de individuos, su obligación sagrada es encontrar el MAL que reina en las intenciones y actos de TODO el mundo.  La malicia no respeta fronteras, relaciones ni personas; todo lo destruye, enloda, enturbia y somete a un escrutinio cruel que no repara en el dolor que puede causar incluso en los seres que deberían ser los más queridos y, por lo tanto, estar al margen de esa ponzoñosa cizaña.  De la malicia no se salva nadie en la familia; ni los hijos, esposas, maridos o parientes.  Todos son “sospechosos” y, en consecuencia, candidatos al examen del malicioso, y cuyo resultado ya está previsto de antemano: culpable.  No existe otro veredicto en la agenda del malicioso, así se trate de juzgar a un delincuente o a un santo: “guilty”.
         Por desgracia, la malicia es un mal tan tóxico, que no es posible manejarlo de manera que el malicioso salga bien librado de su manipulación.  Este suele ser la víctima principal de su condición de enfermo social, moral y espiritual.  Y en su caída al precipicio de la soledad y la amargura, suele arrastrar  a tantas personas como sea su área de influencia.  Especialmente a los que tienen que soportarlo diariamente.  Pero ¿es el malicioso un tipo fácil de identificar? ¡Por supuesto que no!  Es cierto que hay algunos que son brutales y no disimulan (porque son burros) sus intenciones; pero existen otros más astutos que desarrollan técnicas muy hábiles para disimular su vicio.  Llenan sus discursos malignos de infinidad de sutilezas lingüísticas y humorismo falaz, para darles un carácter de aparente inocuidad.  Y no es raro que sus malvadas opiniones lleguen a adquirir ante los demás, un carácter de “respetables y constructivas” aunque sean malicia pura.  Pero no importa lo que hagan los maliciosos, ellos son los más dañados por esta carcoma moral.
         Los celos en el matrimonio son una de las más dañinas formas de malicia, y quienes padecen de este mal, jamás deberían casarse, pues no solo arruinan la vida de sus cónyuges sino la de sus hijos y familia en general.  La malicia entre los que tienen que convivir, es el peor suplicio que se pueda imaginar.  Pero ¿es posible curar la malicia?  NO.  Recuerden que LA GENTE NO CAMBIA.  Un malo NO se convierte en bueno por arte de magia o el simple deseo de hacerlo, o porque "tuvo un encuentro con Jesús".  A lo único que puede aspirarse es a reconocer la malicia en cada uno de nuestros pensamientos y acciones, y  a partir de allí, tomar las medidas para que esta no sea tan dañina a las posibles víctimas de esta enfermedad social.
         La malicia es el terreno fértil para que florezcan en el corazón del hombre el egoísmo, la codicia, la envidia, la arrogancia y mil vicios más de todos conocidos.  Obsérvese a usted mismo con cuidado, con honestidad, y podrá comprobar lo que aquí se dice.  No necesita ser adivino ni vidente; solo analice sus emociones y pensamientos en relación con cualquier persona conocida, y de inmediato encontrará la respuesta que usted ya conoce de antemano; solo que, como NO es agradable, tratamos de no verla y, a fuerza de tanto hacerlo, llegamos a creer que estamos libres de ese y otros vicios que son la causa de nuestro estado actual individual y colectivo.
         La malicia es un vicio horrendo; esfuércese en disimularlo, de tal manera que no haga daño a los demás, aunque a usted lo atosigue en su interior.  Tráguesela en silencio, ese es su karma, el cual nada sabe del “perdón de los pecados”.
         Fraternalmente
                                      Ricardo Izaguirre S.              Correo: rhizaguirre@gmail.com

lunes, 12 de diciembre de 2016

1073 Si yo fuera Dios



1073   “LA CHISPA”           (11 diciembre de 2016)
Lema: “En la indolencia cívica del ciudadano, se fundamentan los abusos del Poder”
SI YO FUERA DIOS
         Como hemos sido programados (culturalmente) para aceptar “la voluntad de Dios” sin chistar, damos por hecho que todo aquello que no podemos entender o justificar, es un “misterio de la Deidad” y que tenemos que aceptarlo sin cuestionar nada, así se trate de la peor barbarie, injusticia o estupidez.  El estado de guerra mundial y permanente que vivimos es obra exclusiva del hombre; es el producto de la codicia sin límites que las naciones poderosas han impuesto a la humanidad, pero la indolencia mental del supuesto Homo sapiens, lo ha llevado a simplificar este asunto diciendo que tal situación es la voluntad divina.  Y eso nos permite desentendernos de nuestro deber moral, de nuestra participación activa en el señalamiento de las causas de lo que está azotando a la especie humana: una tiranía generalizada e impuesta por los grandes centros de poder económico y NO por dios alguno.  Pero echarle la culpa a un supuesto creador es muy fácil, cómodo y no crea remordimientos: es asunto del Todopoderoso, y ¿quién soy yo para corregirle la plana?  Sin embargo, todos sabemos que “mucho anda mal” y que no es culpa de Dios.  Y en el campo de las hipótesis, hay algunas cosas que  yo (o usted) rectificaría en beneficio de la humanidad si pudiera ser el Encargado por algún tiempo.  Empecemos.
         Si yo fuera Él, fijaría el término de la vida de todos los hombres en setenta y cinco años (75) que es cuando empieza el declive y cuando ya hemos realizado o no, la tarea que teníamos en la vida.  Si es que tenemos alguna.  Sin enfermedades ni dolor.  Salud pura y de la mejor, hasta ese día en que lo desenchufen y acabe todo.  Tendríamos 60 o más años para aceptar la idea de que ese es el término y nadie viviría con la tortura mental de cuándo tendrá su fatal encuentro con la “Pelona”.  Además, dotaría a cada individuo de un mecanismo automático para poner fin a su vida cuando así lo estimara conveniente, pues nadie tiene el derecho o la potestad para obligar a otra persona a vivir una vida que no desea y que no pidió (cualquiera que sea la razón).  El cuento de que solo Dios tiene el poder de “quitar” la vida es un invento del hombre, pues hasta donde se sabe, a nadie le ha dado ese mandato, y como se trata de un dogma sin justificación racional, puede ser seriamente cuestionado.
         Siendo todopoderoso, eliminaría todas las razas menos una.  Solo dejaría a un grupo racial y, dentro de este, no permitiría que hubiera gente demasiado bonita o exageradamente fea.  Así se eliminaría el fatal racismo y el “feísmo” fuentes de tanta crueldad, odio y menosprecio que se hace de tantos seres humanos bajo la consigna de la superioridad de cierta raza o el mérito de la belleza.  Siendo todos negros, o blancos, o rojos, o verdes, no habría justificación alguna para el odio racial, veneno que carcome a la humanidad, aunque muy pocos se atrevan a aceptarlo.  O solo dejaría a los judíos, para ver a quiénes inventarían como sus victimarios.  Además, así podrían reproducirse a su antojo, sin límites.  Ya sin árabes a quienes matar o sin goyim a quiénes explotar, ¿qué harían?  ¿De qué se quejarían y ante quién? O talvez solo dejaría a los negros, que  tanto han sufrido por causa de su color; porque ¿cuál es el propósito (si lo hay) de que haya gente de color tan oscuro?  ¿Existe algún propósito comprensible para que haya gente de ese color y características?  ¿O qué tal que solo quedaran los blancos como parece gustarle a Donald Trump y a la gran mayoría de los europeos?
         Terminaría con el absurdo de la libre reproducción, para la cual solo es necesario tener un aparato reproductivo funcional para traer al mundo a legiones de niños infelices y miserables, que solo vienen a complicar la situación total.  La paternidad solo estaría reservada a personas elegidas y con las capacidades necesarias para ser un buen padre o madre.  Tal cosa no estaría al alcance de irresponsables y egoístas como sucede en la actualidad.  Ese privilegio solo sería de seres especiales.  Porque ¿cuál es el objetivo de traer al mundo niños desgraciados que no conocen otra cosa que la desdicha y el hambre?  ¿Podría alguien en su sano juicio creer que eso es un plan divino, producto de la voluntad de algún dios?   Yo no.
         Eliminaría la malicia del núcleo moral del hombre; reduciría al mínimo su egoísmo, y lo proveería de cierto grado de bondad y altruismo.  No enviaría al mundo a nadie que fuera insensible o desconsiderado.  Tampoco a personas inconscientes, incapaces de darse cuenta de su entorno y de lo que tienen que hacer, pues es una gran injusticia lanzar al campo de batalla feroz que es la vida, sin las armas necesarias para su defensa, a tanto desgraciado que así se convierten en víctimas eternas de los astutos y poderosos.
         Otra cosa que cambiaría es la alimentación de TODOS los seres vivientes.  A todos los haría vegetarianos, pues resulta grotesco y malvado que tengamos que asesinar a millones de criaturas para nuestra subsistencia.  Es bárbaro torturar y matar a una res (un ser con más derecho a la vida que millones de humanos) para devorarla.  Todas las criaturas podrían ser vegetarianas y así, se eliminaría una horrorosa carga moral que pesa sobre gran parte de la humanidad.  Porque el que come carne es un criminal o, por lo menos, cómplice de un asesinato masivo de criaturas inocentes.
         ¿Es este lento y perverso procedimiento en donde se fragua la estructura física, moral y espiritual del hombre del futuro?  Tengo mis dudas al respecto, pero creo que hay otras vías que no son tan dolorosas, sobre todo, cuando se cuenta con el Poder Absoluto.  ¿Cuál es entonces el plan?  ¿Una carrera interminable de dolor?  ¿La rueda de Samsara, como le dicen los hindúes?  ¿Una eternidad en el infierno de la materia?  Les doy la oportunidad para que me sugieran algunas cosas que arreglarían si ustedes fueran Dios.  Talvez las tome en cuenta.
         Fraternalmente
                                  Ricardo Izaguirre S.     Correo: rhizaguirre@gmail.com